El desafío en la formación de profesores en tiempos de pandemia

El desafío en la formación de profesores en tiempos de pandemia

Reflexiones en tiempo de Pandemia.

La pandemia que actualmente vivimos en casi todo el planeta nos obliga a una profunda reflexión y análisis en relación a los criterios y énfasis que el Estado de Chile ha puesto en los últimos veinte años con respecto a las acreditaciones de carreras en pedagogía y el verdadero impacto que se ha generado en la formación y transformación en la comunidad escolar. ¿Cuál es el desafío de los profesores chilenos en tiempos de pandemia?

Políticas públicas

Las políticas públicas y modelos de gestión de las universidades evidencian una tensión entre un modelo de gestión académica y las metas de carácter operativo – financiero (número de matrículas, retención de estudiantes, ranking, entre otros). Desde mi opinión el actual modelo de acreditación que propone la Comisión Nacional de Acreditación CNA a las carreras de pedagogía pone el énfasis en su evaluación en lo administrativo y no en el desempeño de la carrera, encontrando muchas veces una excesiva burocracia con los procesos de acreditación, falta de participación activa y sistemática de la comunidad educativa, falta de visión compartida, entre otros múltiples factores.

Actualización de mallas

Lo anterior propicia un rediseño y actualización de las mallas bajo la proyección financiera y su rentabilidad a futuro como un elemento fundamental para su elaboración, generando como resultado en algunos casos una malla fragmentada (en su progresión de saberes) y porqué no decirlo de un carácter reduccionista, las cuales no siempre aseguran al estudiante en formación las competencias y habilidades que se declaran en el perfil de egreso.

Encontramos además que las planeaciones curriculares y didácticas tienden a ser muy detalladas, con muchos componentes y formalidad, sin dejar espacio para la flexibilidad y la adaptación a los cambios, lo cual termina desmotivando a los equipos académicos y directivos.

Lo anterior puede traer por consecuencia una débil formación de profesores íntegros y responsables socialmente, capaces de aportar desde el conocimiento disciplinar a partir de un pensamiento complejo, crítico e innovador frente a los diversos desafíos que debemos enfrentar en nuestra sociedad.

Desafíos socioeconómicos emergentes

El nuevo siglo que enfrentamos nos obliga como países latinoamericanos a mirar con una perspectiva de desarrollo sustentable en todas las áreas del saber. Esto implica una serie de desafíos, tal como lo señala UNESCO 2030 en el último foro mundial de Educación (Incheon, República de Corea, mayo de 2015), donde se plantean metas sustentadas en “principios de equidad, calidad, inclusión y equidad de género, promoviendo a la vez la creatividad y el pensamiento crítico (…) fomentando el compromiso de los Estados. Miembros con el derecho a la educación y el concepto del aprendizaje a lo largo de la vida, como principio clave de una reforma holística y a escala sectorial de la educación y como respuesta a los desafíos socioeconómicos emergentes”.

La formación de profesionales de la educación requieren dar respuestas a lo complejo (Yanes, 2010). Por otra parte Morin (2011) señala, que en la base de la crisis de la humanidad, existe una crisis cognitiva, puesto que la ciencia que predomina la educación actual tiende a estudiar la realidad a través de un foco propio de lo particular de ese conocimiento y no necesariamente interrelacionarlo en una trama compleja con otros saberes.

En consecuencia, al momento de buscar respuestas creativas e innovadoras en el diseño de las mallas de las carreras de pedagogía nos encontramos con una infinita necesidad y demanda de la sociedad, lo que hace imposible no considerar su relación con distintas áreas del conocimiento, saber hacer y ser. Aún más allá, siguiendo con la mista tesis de lo anterior, es concordante con lo que señalan Robinson (2010 y 2015) y Khan (2012), quienes plantean que el modelo industrial – escolar que ayudó al progreso del siglo XX ya no sirve para las necesidades de las instituciones y empresas productivas en el mundo del siglo XXI.

Responsabilidad social, ética y ecológica.

Si bien en el siglo XX el manejo de la información constituía los principios de los cuales la educación superior debe hacerse cargo (modelo de competencia), en el siglo XXI la tensión está puesta no en la manipulación y el procedimiento de información según rutinas
establecidas como el único factor a preocuparse al momento de levantar el diseño de una carrera en cualquier ámbito disciplinar. Sino la necesidad justamente de tener la capacidad
de cuestionar, criticar y proponer en forma creativa e innovadora (Meller, 2018).

Para Marturet y otros (2010), la gestión como gobierno (refiriéndose a la educación), no puede separarse de la búsqueda y de la decisión de hacer justicia. Esta justicia requiere inevitablemente, desde mi perspectiva, la coherencia e intención del Estado de definir las políticas públicas y velar por el cumplimiento de estándares mínimos en la calidad de los resultados de aprendizaje. (Tedesco, 1993).

En este sentido Humberto Maturana plantea que la Universidad “debe tener como tarea crear espacio experiencial particular que permita a los habitantes de un país ampliar su preparación en la acción y reflexión como ciudadanos conscientes de su responsabilidad social, ética y ecológica”.

“Es una cuestión ineludible pensar en la formación de un(a) profesor(a) capaz de responder a las complejidades que enfrentamos como humanidad. Cuestión que ha llegado para quedarse”.

psp César Villegas Gálvez Magíster en Gestión Educacional Director Académico Principium Consultores
Compartir esta publicacion